-TOMADO DE (WWW.ELTIEMPO.COM – NATALIA TOBÓN FRANCO)
Colombia tenía más de 400.000 abogados titulados a finales de 2024, una de las tasas más elevadas de juristas por habitante en el mundo. Me pregunto cuántos de ellos han escuchado hablar del libro ‘El alma de la toga’, del jurista español Ángel Ossorio y Gallardo, especialmente el aparte donde dice: “La abogacía no se cimienta en el tesoro del conocimiento ni en la lucidez del ingenio, sino en la rectitud de la conciencia”.
Y es que la agudeza del ingenio nos sobra a todos. Desde niños nos repitieron que “el vivo vive del bobo”, “camarón que se duerme se lo lleva la corriente” o “el que menos corre vuela”. Lo que seguramente nos falta son los dos otros elementos: la rectitud de conciencia y el tesoro del conocimiento.
Las cifras hablan por sí solas. Desde que inició labores en 2021, la Comisión Nacional de Disciplina Judicial ha sancionado a miles de abogados por faltas disciplinarias, mientras que un informe de la Corporación Excelencia en la Justicia indica que solo el 23 % de los programas de pregrado ofertados por las instituciones de educación superior en Colombia están acreditados como programas de alta calidad.
Es posible que la raíz del problema sea la falta de vocación. En la carrera vi compañeros que entraban a derecho por descarte, algunos porque no eran buenos en matemáticas y otros porque confiaban en que el título les daría estabilidad laboral. Si a eso se agrega que para las universidades resulta un programa sencillo de ofrecer, sin mayores costos de laboratorios o instalaciones, se entiende por qué la profesión terminó desbordada.
En el futuro sería mejor guiar a quienes no tienen verdadera inclinación hacia el derecho para que se preparen en otros campos. Hay oficios que exigen menos tiempo y dinero para la formación, pero que con disciplina pueden generar ingresos mayores que los que perciben muchos juristas.
En la carrera vi compañeros que entraban a derecho por descarte, algunos porque no eran buenos en matemáticas y otros porque confiaban en que el título les daría estabilidad laboral
Al final, de nada sirve la viveza si no está acompañada de pasión, ética y preparación. Lo que podría ser valioso por ingenioso, sin conciencia y preparación termina convertido en simple trampa que desfigura la imagen del profesional y erosiona la confianza pública en el sistema.
Esta profesión solo recuperará su prestigio si retoma lo esencial. Necesitamos juristas que amen lo que hacen, autoridades que controlen las malas prácticas y universidades que formen profesionales íntegros conectados con las necesidades reales de la sociedad.
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